Honduras vive horas aciagas. El incumplimiento y el actuar inconstitucional del ex Presidente Manuel Zelaya Rosales tiene a los hondureños en una encrucijada: apoyar o desestimar el golpe militar ocurrido el 28 de junio en la tercera nación más pobre de América Central.
Zelaya perteneciente al Partido Liberal, electo con un 49, 9% de los votos el 7 de diciembre de 2005, actualmente intenta justificar su actuar inconstitucional transformándose en un nómade que va de país en país buscando apoyo pues las dictaduras militares –sólo si tenemos buena memoria- son abominables.
Convengamos algo: tiene razón. Pero, ¿no es execrable también “bypasear” a su propio pueblo? Me explico. “Mel”, como lo llaman sus compatriotas, el 23 de marzo de 2009 emitió un Decreto Ejecutivo para realizar un plebiscito el 28 de junio del mismo año y día en que fue detenido, para que el pueblo contestara la siguiente pregunta: "¿Está usted de acuerdo que en las elecciones generales de noviembre de 2009 se instale una cuarta urna para decidir sobre la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que apruebe una nueva constitución política?”.
De aprobarse, esta nueva constitución política contemplaría la extensión del período presidencial, entendido por muchos, como una acción pro-chavista después de que su gobierno tomara ribetes socialistas a fines del 2007, tras integrar su país al ALBA (Alianza Bolivariana para las Américas). A mayor abundancia, ni siquiera la constitución de este país contemplaba la figura de referéndum, contrariando todo precepto.
Para asegurar su resultado, Zelaya destituye al General Romeo Vásquez Velásquez, Jefe del Estado Mayor Conjunto hondureño, luego de que éste rechazara la instalación de la cuarta urna. Posteriormente, el Ministro de Defensa Edmundo Orellana renuncia, dejando en claro que “Mel” no tiene acogida, no es popular y no representa.
Sin embargo, y como ya lo hemos dejado en claro, Zelaya no se salió con la suya. Exiliado en Costa Rica, Roberto Micheletti, quien fuera Presidente del Congreso, tomó su cargo y el Parlamento ratificó unánimemente su traición a la patria y violación del ordenamiento jurídico.
Hoy, la población hondureña se encuentra absolutamente polarizada. Pero los presidentes cambian, la democracia no. Y es por esto que más que discutir quién debe detentar el cargo, la solución debe enfocarse en el mantenimiento de esta forma de gobierno, mientra no exista otra mejor. Para ello, la intervención militar no es la solución. Las personas cuentan con el legítimo derecho de elegir quienes los gobiernan, y es éste valor el que debe ser resguardado.
Para ello, propongo lo siguiente: una comisión que presida al país, asesorada por todos los organismos internacionales especializados en la resolución de conflictos, además de los representantes más importantes de la estructura social, para mantener la paz necesaria en el reestablecimiento de la democracia. Sin diálogo no hay solución.
Se debe mantener y garantizar la fecha de elecciones para noviembre, donde candidatos de cualquier sector político del país -salvo Zelaya y Micheletti, pues tiñen con antiguos resquemores el voto- puedan competir ajustados a derecho, legítimamente para tomar las riendas de la nación.
Es necesario, por consiguiente, que las fuerzas militares retiren su accionar de las calles, evitando así la represión y la crecida de los abusos de los derechos humanos que conlleva su presencia. Una vez electo un nuevo Presidente y regularizado el clima bélico, garantizar juicios políticos a todos quienes resulten responsables de la debacle vivida. Insisto: los presidentes cambian, las democracias no.
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